La palabra “gobernar” proviene del griego kybernan, que significa pilotar o dirigir un barco. Así como quien gobierna un país lleva el timón, en nuestra vida también hay algo o alguien que dirige nuestras decisiones, pensamientos y acciones. Por eso, vale la pena preguntarnos: ¿quién lleva el timón de nuestra vida?
Formas de gobierno humano
Entre las formas de gobierno podemos mencionar:
Democracia: sistema de organización política en el que el poder reside en el pueblo.
Autocracia: concentra el poder en una sola persona, que busca controlarlo todo y no acepta opiniones diferentes. Puede promover su propia imagen y actuar de manera dictatorial.
Oligarquía: el poder queda en manos de un grupo reducido que puede privilegiar sus propios intereses, excluir a otros y favorecer a quienes pertenecen a su círculo.
Teocracia: gobierno fundamentado en la autoridad religiosa y en determinadas interpretaciones de sus leyes y creencias. En algunos contextos, esto puede restringir libertades y derechos.
Quienes ejercen un poder dictatorial suelen imponer su voluntad, no admitir oposición y limitar la libertad de expresión. Estas formas de gobierno también nos invitan a examinar cómo ejercemos la autoridad y qué está dirigiendo nuestro propio corazón.
Ministración:
A veces, como padres, podemos actuar de manera autocrática con nuestros hijos. Podemos abusar de la autoridad creyendo que lo hacemos por su bien, pero terminar dañándolos. Necesitamos revisar cómo corregimos, cómo escuchamos y cómo usamos la autoridad que se nos ha confiado.
En la Biblia vemos que algunos fariseos y saduceos daban gran importancia a la posición social y económica, establecían separaciones y actuaban desde sus propios intereses. Debemos discernir estas actitudes tanto en nuestro entorno como en nosotros mismos, sin dejarnos llevar por las apariencias ni por los círculos cerrados.
Mateo 24:12 (RV60) advierte que, por multiplicarse la maldad, el amor de muchos se enfriará. En tiempos difíciles podemos comenzar a mirar a los demás con desconfianza. Por eso necesitamos pedir discernimiento y cuidar nuestro corazón. También debemos evitar los grupos cerrados dentro de la congregación, los pensamientos rígidos y las sospechas que nos impiden escuchar la verdad. No permitamos que las emociones o las opiniones de otros dirijan nuestra manera de pensar.
Cuando llevamos la democracia al plano personal como si toda opinión o decisión fuera igualmente válida, podemos caer en la idea de que “si no te hace daño a ti, no me lo hace a mí”. Sin embargo, por querer aceptar todo o exigir únicamente nuestros derechos, podemos terminar negociando nuestras convicciones. En la iglesia, esto puede manifestarse en críticas, discusiones y pleitos nacidos de un corazón que necesita ser transformado.
La teocracia también nos hace reflexionar sobre el legalismo: cuando imponemos nuestras propias interpretaciones y reglas, podemos limitar la libertad que Dios nos ha dado. Pero libertad no significa libertinaje. Somos llamados a ser reconciliadores, porque Jesús vino a reconciliarnos con el Padre. Debemos agradar a Dios y, al mismo tiempo, amar a las personas, pues Él ama a la humanidad.
Vivir bajo el gobierno de Cristo
Quien vive bajo el gobierno de Cristo entiende que Él es el centro, no el ser humano. Sirve a sus hermanos con amor, procura la paz, comparte su fe y manifiesta el fruto del Espíritu Santo. El gobierno de Cristo transforma el corazón y nos enseña a tratar a los demás con respeto, consideración y humildad, incluso cuando recibimos una ofensa.
Cuando Cristo no gobierna nuestra vida, otras cosas pueden tomar el timón: la falta de respeto, la insolencia, el desprecio, la apatía, el ensimismamiento, la ira, las contiendas, los resentimientos y la manipulación. Por eso debemos preguntarnos qué está dirigiendo nuestras reacciones y decisiones.
En Job 2:9 (RV60), las palabras de la esposa de Job nos llevan a reflexionar sobre lo que puede gobernar una vida en medio del sufrimiento. La ira, el enojo, la ansiedad y las preocupaciones pueden dominarnos si no los llevamos delante de Dios.
Asimismo, en Hechos 5:1-11 (RV60), Ananías y Safira mintieron sobre lo recibido; su historia nos alerta sobre el poder de la codicia cuando se instala en el corazón.
Muchas veces permitimos que nuestras emociones nos controlen y dejamos de dar espacio al Espíritu de Dios. Necesitamos preguntarnos qué estamos escondiendo, qué actitudes estamos disimulando y qué aspectos de nuestra vida todavía no hemos rendido al Señor. Él puede mostrarnos aquello que debemos reconocer, sanar y cambiar.
Pidamosle al Señor que examine nuestro corazón y que nos muestre quién está llevando el timón de nuestra vida. Que saque de nosotros todo aquello que no le agrada que gobierne nuestro corazón y que el Espíritu Santo guíe nuestros pensamientos, emociones y decisiones.