La palabra “profano” viene del latín clásico “profanus”,
literalmente “delante” o “fuera del templo”: “pro” (afuera)
y “fanus” (templo o santuario). Lo profano es aquello que
está fuera del templo, es decir, que no forma parte de lo
sagrado.
Según la RAE, la palabra “profano” se define como:
- Que no es sagrado ni sirve para usos sagrados, sino
para lo secular. - Que no muestra el respeto debido a las cosas sagradas.
- Que carece de conocimiento y autoridad en la materia.
- Libertino o muy dado a las cosas del mundo.
- Relacionado con lo inmodesto, deshonesto, falta de
atavío o compostura.
Conceptos: - Música profana: Canciones que no tratan temas
relacionados con Dios y que atraen al público o a las
masas con el objetivo de entretener. - Lenguaje profano: Profundamente ofensivo, muestra
falta de respeto especialmente por las creencias de
alguien e incluso por las personas que se consideran
dignas o importantes. - Autos profanos: Uso irresponsable e irrespetuoso o
maltrato de cosas, objetos, edificios, entre otros, que se
consideran importantes (robo de tumbas, iglesias). - Alguien profano: Irrespetuoso, irreverente, que no tiene
pudor o vergüenza, violador de las leyes y normas
establecidas, impío, blasfemo, apóstata, que no tiene
relación con lo sagrado o santo.
Ministración:
También, profano puede ser algo hurtado, robado,
alterado, dañado o contaminado. Es como cruzar el
umbral de una puerta, es cruzar un límite, es ensuciar lo
Santo
En 2 Reyes 18:4 se menciona que el rey Ezequías, para
reformar el culto y restaurar la pureza del culto a Dios,
ordenó la destrucción de los lugares altos, los pilares
sagrados y los símbolos que promovían la idolatría,
incluyendo la serpiente de bronce que Dios mandó a
hacer a Moisés en el desierto. Esto se debió a que el
pueblo había comenzado a adorarlos. Lo que hizo el rey
Ezequías fue eliminar la idolatría para restaurar la
verdadera adoración a Dios.
Sin embargo, su hijo Manasés los levantó y los restauró.
En 2 Reyes capítulo 21 se dice que “reconstruyó los
santuarios paganos que Ezequías, su padre, había
destruido, levantó altares a Baal e hizo una imagen de
Asera como había hecho Acab, rey de Israel. Además,
adoró y rindió culto a todos los astros del cielo y
construyó altares en el templo del Señor, acerca del cual
el Señor había dicho que sería la residencia de su nombre
en Jerusalén”. También sacrificó a su hijo dedicándolo a
Moloc. Provoco la profanación en un nivel tan perverso
por el que Dios destruyo la ciudad Santa.
Este es además un ejemplo que el hecho de que seamos
buenos padres no significa que nuestros hijos tomarán
siempre buenas decisiones. Por eso, debemos orar por
ellos al Señor para que caminen en el camino ya trazado,
que es Cristo.
Vivimos en una sociedad de idólatras y si nuestros pies no
están aferrados a lo de Cristo, podemos llegar a adorar
cualquier cosa.
¿Estamos profanando la Palabra rema de Dios?
En la Biblia se narra la historia de la viuda y el aceite en 2
Reyes 4:1-7. El profeta Eliseo indicó a la viuda que
recogiera vasijas, Dios las iba a llenar aceite. El milagro
que Dios provocó llenó todas las vasijas y luego cesó. La
palabra fue dicha y el aceite fue suficiente para pagar sus
deudas y sustentar a su familia. Esta palabra rema fue
específica para esa situación y no debería ser replicada
otra vez indiscriminadamente; querer buscar que esto
ocurra nuevamente es profanar la palabra de Dios.
Sin embargo, el rema de Dios también puede ser para
toda la vida cuando Dios así lo ha dicho, y no andar en
ella puede también provocar la profanación de lo de Dios.
¿Estamos profanando la familia?
Como madres, no debemos cruzar los límites con
nuestros hijos; debemos establecer límites y ellos deben
respetarlos. La Biblia dice que los hijos deben honrar a
sus padres y los padres no deben exasperar a sus hijos
(Efesios 6:4). Traspasar estos límites profana las
relaciones entre la familia. Todos debemos respetarnos
porque Dios ha constituido nuestra misión para el
respeto; la falta de respeto es profanar. Asimismo, las
abuelas no deben intervenir tratando de educar a sus
nietos, traspasando los límites de autoridad de los hijos.
Las abuelas ya criaron a sus hijos. Los límites cruzados
pueden llevar a relaciones familiares disfuncionales.
Efesios 5:21 dice: “Someteos unos a otros en el temor de
Dios”. El respeto es un reflejo de nuestra relación con
Dios.
¿Estamos profanando el matrimonio?
El matrimonio es santo y fue instituido por Dios. En la
palabra están descritos los límites y las formas, y dice
que el lecho debe ser sin mancilla porque es santo
delante de Dios. No debemos ensuciarlo ni cruzar los
límites porque nuestras acciones pueden tener
consecuencias y llevarnos a lo profano. Negarnos a los
esposos puede abrir puertas para el adulterio, la
fornicación y lo abominable delante de Dios.
¿Estamos profanando la casa de Dios?
En Ezequiel 28:16 se habla de Satanás: “A causa de la
multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad y
pecaste; por lo que yo te eché del Monte de Dios y te
arrojé entre las piedras de fuego, oh querubín protector”.
Satanás se había llenado de orgullo. Entonces se rebeló,
cruzó los límites que Dios le había puesto y fue echado de
la presencia de Dios. Este es un gran ejemplo de la
gravedad de cruzar los límites.
En Daniel 5:3-4 dice: “Entonces fueron traídos los vasos
de oro que habían sido tomados del templo de la casa de
Dios que estaba en Jerusalén, y bebieron en ellos el rey y
sus grandes, sus mujeres y sus concubinas. Bebieron vino
y alabaron a los dioses de oro y de plata, de bronce, de
hierro, de madera y de piedra”. Como consecuencia, el
rey Belsasar, hijo del rey Nabucodonosor, tuvo grandes
consecuencias. Su profanación de los utensilios sagrados
lo llevó a su caída; murió el mismo día que los usó,
asesinado en su recámara, y su reino no permaneció.
El Señor conoce el corazón y sabe que nuestras acciones
reflejan lo que hay dentro de nosotros. La modestia o la
falta de esta muestra la santidad o la forma en que
profanamos los cultos. Se ha perdido el temor reverente
al Señor.
Debemos tener cuidado porque estamos en la presencia
de un Dios que no baja sus estándares de santidad. Lo
santo y lo inmundo no van juntos; no tenemos nada que
ver con Satanás. Debemos ser la iglesia que no profana el
nombre de Cristo. Que el Señor nos ayude a todos
nosotros a no mezclar lo santo con lo profano, y que nos
abra los ojos para ver dónde están los límites. Lo de
Satanás no tiene nada que ver con nosotros, porque lo
que Satanás hace es profano y al Señor no le agrada.
Debemos entender la profundidad de lo que el Señor
quiere de nosotros.