Las metas son objetivos que queremos lograr en las etapas de nuestras vidas. Representan los propósitos, deseos u objetivos que una persona se plantea, orientando todos sus recursos y acciones para alcanzarlos como resultado final de su esfuerzo. Son propósitos que orientan las acciones de una persona, y pueden establecerse en torno a pasiones, intereses, habilidades y rasgos de personalidad. Además, las metas pueden plantearse como parte de una rutina y lograrse a corto, mediano o largo plazo.
Proponerse metas trae múltiples beneficios, entre ellos: alcanzar la satisfacción personal, aumentar la autoestima y hacernos sentir más felices. Tener metas nos da un propósito en la vida, lo que contribuye a nuestra realización y bienestar general.
Es fundamental plantearnos metas en las diferentes etapas de nuestras vidas, ya sea como madres, esposas, mujeres o hijas de Dios. Estas metas deben adaptarse a nuestra etapa y llamado. Por ejemplo, quienes crían hijos necesitan dedicarles tiempo, mientras que quienes tienen el “nido vacío” pueden alcanzar metas personales con más opciones. Las jóvenes y solteras tienen múltiples oportunidades y deben enfocarse en metas que demuestren su gratitud al Señor.
El Biblia nos habla sobre nuestras metas:
“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?” (Lucas 14:28).
Debemos tomar las metas con Sabiduría.
El no poder alcanzar nuestras metas puede generar frustración, malestar, dificultad en las relaciones con los demás y sentimientos de inutilidad. No tener metas también puede ser negativo, ya que careceremos de un propósito para avanzar.
A veces tenemos metas, pero no sabemos cómo empezar. En esos casos, es importante pedir ayuda y aceptar nuestras circunstancias. Debemos analizar lo que nos cuesta, dejar de enfocarnos en nuestras carencias y, con gratitud, reconocer lo que el Señor nos permite vivir.