Síndrome de Wendy
Este síndrome describe un patrón psicológico en el cual una persona —por lo general una mujer— se anula a sí misma para asumir el rol de cuidadora extrema dentro de la relación. Prioriza las necesidades del otro sobre las propias, anticipándose a problemas, asumiendo responsabilidades ajenas y procurando evitar el abandono mediante una actitud sumisa o controladora. El nombre proviene del personaje Wendy de Peter Pan, quien dedica su energía a cuidar de los demás, dejando de lado sus propios deseos.
Este comportamiento se manifiesta, por ejemplo, cuando la mujer le dice constantemente a su esposo lo que tiene que hacer, le recuerda sus compromisos, citas médicas y responsabilidades como proveedor.
Es válido hacer recordatorios de manera amorosa; pero cuando se vuelve molesto o genera incomodidad, estamos cayendo en una conducta hostil que transforma nuestro rol de esposas en el de madres.
Causas:
- Replicar un patrón aprendido de los padres.
- Miedo al abandono que nos lleva a hacer las cosas por el otro.
- Necesidad de ser aceptado(a) y buscar reconocimiento.
- Pérdida traumática que lleva a ser controlador(a).
- Mantener a flote una relación con una persona demasiado diferente.
- No permitir que la otra persona se responsabilice ni tome sus propias decisiones.
Características:
- Disfruta cuidando a los demás y muestra su amor haciéndolo. Pero la diferencia radica en hacer todo por los demás.
- Suele ser una persona controladora, muy exigente, y cree que solo hay una manera correcta de hacer las cosas.
- Generalmente ve a su pareja como alguien que necesita ser atendido porque es irresponsable, indefenso y/o incompetente.
- Le cuesta respetar los límites de su esposo y confiar en que hará lo correcto.
Ministración:
La Biblia nos habla del tipo de mujer virtuosa que debemos ser. En Proverbios 31:10 leemos:
“Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas.”
Nos muestra qué tipo de mujer debemos ser, y en qué cualidades nuestros hijos deben fijarse al momento de casarse: una mujer ejemplar, que teme al Señor.
Este comportamiento tipo Wendy muchas veces nace en un hogar donde una mujer vio a su madre muy sumisa, o también con el patrón de Wendy: una mujer que no asumía sus roles de manera equilibrada.
Nuestra labor en el hogar debe ser en amor, sirviendo a cada integrante con cariño. A diferencia de los patrones aprendidos de nuestros padres, lo bueno se aprende; lo malo ya viene con nosotros.
Cuando estamos buscando reconocimiento, es porque nos inculcaron desde niños que el amor y la permanencia con alguien se deben ganar. Debemos tener cuidado con este tipo de formación en nuestros hijos.
Este tipo de pensamiento errado lleva a no delegar labores y responsabilidades a nuestros hijos en el hogar. Esta forma de pensar puede derivar en una mentalidad feminista que eleva el ego de la mujer, humillando y menospreciando al hombre del hogar: una actitud errada hacia nuestro compañero de vida.
Nosotras debemos ser como la mujer de Proverbios 31. Somos mujeres formadas por Dios para ser madres, con la capacidad para amar, cubrir, alimentar. En ese amor lavamos, planchamos, etc. Ellos no, y nos cuesta entender eso. Los menospreciamos. Muchas veces los mandamos a hacer cosas como si fueran niños que nunca aprenden. Y nos engañamos, provocando daño, pensando que algo pasará si no hacen lo que decimos. Eso es temor.
De acuerdo con las características del síndrome de Wendy, este trae una consecuencia especial llamada codependencia, que lleva a los pleitos familiares.
Encontramos en Jueces 5:7 a Débora, una mujer que se levantó en tiempos de necesidad:
“Hasta que yo, Débora, me levanté, me levanté como madre en Israel.”
Débora fue profetisa, una jueza, pero se identificó como madre de su pueblo. No manipuló ni tomó control, sino que oró por el pueblo y lo dejó a los pies de Dios. No tuvo una conducta de anulación ni sobreprotección. Ella animó a Barac a tomar su liderazgo.
Otro problema que debemos reconocer y del cual arrepentirnos es que tendemos a valorar más a los hijos que al esposo. Les damos mayores privilegios, reclamamos por ellos, y ponemos el foco de nuestra atención en ellos. Esto afecta profundamente el respeto que merece el padre, sumado al síndrome de Wendy.
Esta forma de vida, sin duda, traerá serios problemas al matrimonio. Y, por supuesto, el daño será traspasado como un mal legado a los hijos.
Que el Señor nos ayude a reconocer el lugar que Él ha dado a nuestros esposos, para que se sientan amados, valorados y reconocidos en su masculinidad.
Y que también nos dé sabiduría para evitar que nuestros hijos ocupen el espacio que le corresponde al esposo en la familia. Hagamos como hizo Débora: oremos, cuidando y amando, sin tomar un rol que Dios no nos ha dado.