¿Qué es una lengua maldiciente?
Una lengua maldiciente es aquella que expresa amargura, juicio, queja, burla o palabras que hieren, ya sea de manera directa o disfrazada. No se limita a decir “maldito”, sino que se manifiesta en comentarios sarcásticos, críticas destructivas, quejas constantes o incluso “bromas” con veneno oculto. Es una lengua que va dejando, dolor, daño y separación con Dios.
"Amó la maldición, y ésta le sobrevino; no quiso la bendición, y ella se alejó de él."Salmo 109:17
Aquí alguien estaba pidiendo venganza en contra quienes hablaban mal de él, de manera que amo la maldición. Esta persona no solo maldecía, sino que se convirtió en una forma de constante de maldición. El usar así la lengua para maldecir, hace que nos alejemos del Señor. Nos acostumbramos tanto a palabras negativas que terminan siendo parte de nosotros, tan normales como si las lleváramos puestas sobre nosotros asi como la como ropa con la que vestimos.
En la vida diaria y en lo espiritual también surgen situaciones que nos llevan a maldecir. En el trabajo, puede haber un compañero de mal carácter y demandante que dificulta con lo que hacernos ¿qué es lo que hacemos? ¿maldecimos?, con quienes vivimos puede que el hermano ande acusando al papá y seamos corregidos, incluso en el trato con personas que atendemos cuando vienen hacer un trámite y al no sentirse conforme nos insultan ¿maldecimos o bendecimos? Y espiritualmente, también podemos maldecir los procesos y las pruebas que el Señor permite en nuestra vida. ¿Nos damos cuenta de que, al hacerlo, podríamos estar maldiciendo a Dios mismo?
“Al que maldijere a su Dios, llevará su pecado.” Levítico 24:15
Debemos aprender a controlar nuestra lengua. Si no nos estamos apartando de Dios y de sus bendiciones.
A veces no se trata de decir directamente “maldito”, sino de nuestras actitudes, palabras, miradas. Hay muchas formas de maldecir sin usar esa palabra literal. Nos reímos, lo disfrazamos como broma, pero ¿qué hay en el corazón detrás de esa “talla”? Y dañamos, tratamos que suene bien, pero al final estamos disfrazando la maldición, lo que realmente conllevo a la broma. En Salmo 62:4 dice: “Con su boca bendicen, pero maldicen en su corazón.”
¿Cuántas veces hemos estado en esa situación? Hablamos con buenas formas aprendidas, pero por dentro hay amargura, enojo, engaño o juicio. Nuestra boca dice una cosa, pero el rostro y el corazón muestran otra cosa. Y eso puede dañar. No solo nos alejamos del Señor, sino que podemos hacer tropezar a otros.
Jesús dijo en Mateo 12:34: “De la abundancia del corazón habla la boca.”
Muchas veces como andamos maldiciendo no solo dañan al otro, sino que provocan separación con Dios y allí se empiezan a perder bendiciones. Con la lengua se bendice o maldice y hacemos que este pecado nos alcance. No podemos estar bien con Dios en esa condición.
Job es un ejemplo de una lengua que se controló. Cuando su esposa le dijo: “¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete”, él respondió con sabiduría: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10) . “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.” (Job 1:21). Job sujetó su lengua, su vida y su pensamiento. No maldijo a Dios. Si lo hubiera hecho, habría perdido la bendición que el Señor tenía preparada para él. Eligio creer en un Dios Todopoderoso.
Pablo dice en Romanos 3:14: “Su boca está llena de maldición y de amargura.”
Cuando vivimos con amargura, nuestras palabras son maldicientes. Reclamamos, murmuramos, maldecimos sin darnos cuenta se vuelve tan normal.
Hablar en bendición no es repetir “Dios te bendiga” como una frase vacía. Es hablar con amor, con verdad, con empatía. Es escuchar sin juzgar, no pensar mas allá de lo que no es, es mostrar consuelo, y si hay algo que podemos hablar tiene que ser sin dañar. Es mostrar a Cristo con nuestro hablar.
Pidamos al Espíritu Santo nos ayude a transformar esta lengua, que haya agradecimiento en lugar de amargura, que nos ayude a para las palabras feas, maldicientes. Seamos llevadas a toda verdad corramos a la cruz y clamemos “Señor ayúdame” sujétala que no hable maldición sino bendición.
Ser intencionales para bendecir, mostrar amor y restauración.
Debemos estar sujetas al Espíritu Santo para controlar no solo la lengua, sino también el pensamiento. El Señor saque toda ambigüedad del corazón cuando esta turbado. Pidamos a Dios que transforme nuestra lengua, nuestra forma de hablar, sane nuestro corazón.