¿Qué es la lengua incitadora?
Es aquella que mueve, provoca o estimula a otros a actuar, pensar o sentir de determinada manera.
Puede ser usada para bien o para mal, según el depósito del corazón que la impulsa.
La incitación puede ser directa o sutil, puede disfrazarse de preocupación, consejo, pero si no está guiada por el Espíritu, termina marcando vidas para mal.
“De la abundancia del corazón habla la boca.”
Mateo 12:34
A Jesucristo lo incitaron a pecar:
El diablo lo tentó en el desierto (Mateo 4), los fariseos lo provocaron con preguntas capciosas (Mateo 22:15–22), y aún sus propios discípulos (Mateo 16:22–23).
Los fariseos le preguntaron:
“¿Es lícito dar tributo al César?”
Si decía que sí, sus seguidores lo cuestionarían. Si decía que no, el pueblo se levantaría contra el gobierno.
Pero su respuesta fue justa:
“Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”
(Mateo 22:21)
Jesús conocía el corazón de los hombres y les habló verdad. No se dejó incitar. Fue íntegro, sabio y obediente.
Incitar para mal
Muchas veces tenemos tanta liviandad en la lengua que nos lleva a tener una actitud incorrecta. Esa actitud equivocada daña a la familia.
Incitamos negativamente cuando llevamos al menosprecio a los demás. Los incitamos a la perdición, a que se aparten, porque el carácter del hombre no está formado a la imagen de Cristo.
Debemos ser testimonio. Es más allá del obrar de Dios en nuestras vidas. Sí, el Señor da vida, sana, salva milagrosamente, pero el testimonio debe ser lo de Cristo: sus atributos, lo que hay de Él. Es hablar lo que es Cristo.
Muchas veces incitamos cuando hablamos en demasía.
La incitación es para la propia conveniencia, para la propia satisfacción.
Para el 18 de octubre fueron militantes de partidos políticos a incitar descontento en las universidades, entre los jóvenes. Y estos actuaron a favor de sus ideologías, a su conveniencia. Sacaron fruto de eso, para beneficio propio.
Todo es permitido por Dios. Sin embargo, tenemos responsabilidad ante el Señor.
Nuestros actos construyen en nuestras vidas y en la de nuestro prójimo.
Podemos incitar a la violencia.
Una mujer que pide un auto que no está en su presupuesto está incitando a su esposo para mal, para dañar a su familia. Esa incitación provocará desorden en la economía y en la familia.
Incitamos a no visitar a la familia del esposo. Preguntémonos: ¿eso cómo deja el corazón del esposo?
Incitamos por egoísmo, porque solo nos vemos a nosotras mismas.
La incitación puede tener cara de piedad, queriendo transparentar algo, reclamar para mover el pensamiento del otro.
¿En qué momento ha incitado a mover algo que tendrá una repercusión a su favor?
Marcamos vidas para bien o para mal. Como la mujer de Job incitó a su esposo a maldecir, pero este no lo hizo. Fue íntegro ante Dios.
La incitación, en un grado fuerte, ejerce manipulación.
Cuando creemos que podemos manipular a otra persona, tengamos cuidado. Consideremos el egoísmo del corazón. Es el Espíritu Santo quien convence, y lo hace por amor.
En una posición de liderazgo, con el don de presidir, podemos ser tentadas a buscar seguidores. Podemos manipular. En ese don se debe ser cuidadosa, tener la guía del Señor, ser equilibradas. No hay tinieblas en el Señor. Un consejo mal dado puede causar la ruina.
Mejor decir la verdad en el Señor, aunque duela, independientemente de buscar el favor personal o la satisfacción propia.
Incitar para bien
Podemos incitar para bien. Como mujeres, hablar menos, no hablar con orgullo ni vanidad, dependiendo de cómo lo perciben los demás. Y eso lo hace la lengua.
Incitamos al bien cuando fomentamos actitudes correctas:
- Una buena alimentación
- La búsqueda de Dios
- El animar a congregarnos
- Que nuestros hijos busquen al Señor
- Promover la reconciliación familiar
- Inspirar a servir con humildad
- Motivar a vivir en santidad
La madre debe incitar para bien.
Herodías incitó a su hija a hacer lo incorrecto al pedir la cabeza de Juan.
La mujer sabia debe abrir su boca para bien.
Tengamos cuidado con la manipulación jezabélica.
Santiago: La lengua levanta o mata
“La lengua puede levantar o matar.”
Santiago 3:10
La incitación viene desde el corazón.
Si este tiene un buen depósito en el Señor, buscará incitar al bien.
Si está carente del Señor, hablará en términos de sus propios deseos, de su carne, e incitará al mal por necesidad, por hablar de más o porque le ocurre hablar por hablar.
Nos engañamos a nosotras mismas.
Seamos incitadoras para lo bueno.
Que nuestra lengua no sea instrumento de manipulación, sino que hable del testimonio de Jesucristo.











