La vestimenta de las mujeres en los tiempos bíblicos era sencilla y significativa. Tanto ellas como Jesús utilizaban una especie de camisón, prenda interior hecha generalmente de lino, que debía pasar desapercibida, pues nadie debía conocer lo que se llevaba debajo. La ropa de la mujer llegaba hasta los pies y, según la temporada, podría confeccionarse también en lana. Esa era la base de la vestimenta de las mujeres, también podían cubrirse con una manta que servía de abrigo, símbolo de la protección de Dios para sus vidas.
Dependiendo de la situación económica, las vestiduras variaban: algunas eran más trabajadas y adornadas, y los colores reflejaban la economía en la que vivían.
Las casadas usaban velo como señal de honra y sujeción a su esposo; las solteras podían prescindir de eso, las viudas también lo llevaban. Además, las mujeres elaboraban peinados adornados. A la luz de esto surge la pregunta: ¿qué ven los demás cuando nos miran? ¿Una mujer del Señor o una mujer de la calle?
¿Le importa a Dios como vestimos?
La Escritura nos recuerda que sí le importa a Dios cómo nos vestimos. Somos templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19-20), y nuestra vestimenta refleja que somos hechura del Señor. En 1 Timoteo 2:9-10 se nos dice: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinados ostentosos, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad”.
El término “atavío” y “decoro” provienen de la raíz kosmos, de donde viene “cosmético”, y significa orden, diseño. Lo contrario es caos. Dios es ordenado, y por eso también quiere que estemos adornadas con decoro. El pudor implica cubrir lo necesario: evitar escotes, ropa que marque el contorno del cuerpo o faldas que no sobrepasen la rodilla, pues eso expone la desnudez. Una vestimenta que pasa la rodilla es propia de una mujer que honra al Señor. Incluso los sacerdotes debían cuidar su vestimenta en el servicio a Dios, pues está escrito: “Y no subirás por gradas a mi altar, para que tu desnudez no se descubra sobre él” (Éxodo 20:26). Y también: “Y les harás calzoncillos de lino para cubrir su desnudez; desde los lomos hasta los muslos serán” (Éxodo 28:42). Esto nos recuerda que el Señor demanda orden y pudor en su pueblo santo.Muchas veces hemos justificado que “no es tan grave” cómo vestimos, pero debemos reconocer que sí lo es. La forma en que nos vestimos puede hacer tropezar a nuestros hermanos. Jesús mismo advirtió: “Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino y se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).
Los varones libran batallas en su mente porque son atraídos por imágenes, mientras que nosotras somos más sensibles a las palabras. Por eso debemos cuidar la santidad y tener conciencia de cómo nos presentamos. Entre hermanas también debemos exhortarnos en amor, ayudando con prudencia cuando alguien no viste decorosamente. Recordemos que los pequeños que llegan al culto observan y aprenden de nuestro ejemplo.
El Señor tenga misericordia de nosotros cuando seamos tentados a vestirnos con sensualidad para seducir. Que Él nos ayude a vestir con pudor, modestia y decoro, reflejando que somos su pueblo santo y que nuestra vestimenta honra al Dios de orden.