Según el diccionario, la mente es el conjunto de facultades y procesos cognitivos (capacidades intelectuales, racionales y mentales). Estos procesos nos permiten percibir, pensar, recordar, sentir y tomar decisiones.
La mente abarca tres áreas importantes de nuestra vida:
Cognitiva: incluye los procesos de razonamiento, atención, memoria y lenguaje.
Emocional: corresponde a la capacidad de gestionar y experimentar los sentimientos.
Volitiva: es la facultad de tomar decisiones, ejercer la voluntad y ejecutar acciones orientadas hacia determinados objetivos.
La mente está dividida en subáreas llamadas estados:
Estado consciente: es el conocimiento inmediato y espontáneo que una persona tiene de sí misma, de lo que está haciendo, de sus actos y de sus reacciones. En este estado desarrollamos la inteligencia y adquirimos conocimientos.
Estado subconsciente: alberga aquello que reprimimos, como recuerdos, deseos y experiencias. Desde este estado realizamos muchas acciones de manera inconsciente.
Muchas veces confundimos la mente con el cerebro. Sin embargo, este último es un órgano físico, mientras que la mente no es visible, pero nos permite razonar. Gracias a estos procesos aprendemos, tomamos decisiones y reflexionamos sobre las distintas áreas de nuestra vida. En la práctica, podemos observar que nuestra voluntad o mente, según la forma en que procesemos las situaciones, nos conduce a tomar decisiones correctas o incorrectas.
La Palabra del Señor habla en diversas ocasiones acerca de la mente. En Hebreos 10:16 se menciona:
“Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré”.
Nuestra mente es como un libro en el que el Señor va escribiendo. Por ello, debemos registrar y aprender de manera intencional aquello que Él nos enseña.
En el Antiguo Testamento aparece la palabra hebrea “lev”, que significa “corazón”. Este es considerado el asiento del intelecto, del pensamiento y de las decisiones; es donde se guardan y atesoran las cosas.
En el Nuevo Testamento, el Señor trae Su Palabra a nosotros, nos entrega Su ley y la escribe en nuestros corazones para que, cuando sea necesario, podamos recordar aquello que hemos atesorado y ponerlo en práctica.
Otro versículo importante se encuentra en Efesios 4:23:
“Y renovaos en el espíritu de vuestra mente”.
Este pasaje nos enseña que debemos despojarnos del viejo hombre o de la vieja mujer, es decir, abandonar aquello que pertenece al mundo y adoptar una manera renovada de pensar. Debemos dejar atrás lo antiguo y permitir que lo del Señor llene nuestra mente, nuestros pensamientos, acciones, decisiones y voluntad. Todo debe ser rendido a Él.
Romanos 12:1-2 dice:
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.
Muchas veces pensamos con facilidad en lo malo, en lo negativo o en aquello incorrecto respecto de los demás. Son costumbres y pensamientos que teníamos antes de conocer a Cristo. Sin embargo, cuando lo conocemos, aprendemos que todo viene de Su mano. Él permite ciertas situaciones para enseñarnos y transformarnos, por lo que debemos ser agradecidos, ya que son oportunidades que utiliza para renovarnos.
En ocasiones atravesamos dificultades porque no permitimos que los mandamientos de Dios gobiernen nuestro corazón ni se reflejen en nuestra manera de pensar y razonar. En cambio, permitimos que las cosas del mundo ocupen ese lugar.
Debemos pedir al Señor que saque a la luz todo aquello que está en nuestro subconsciente y que nos muestre aquello que necesita ser transformado. Debemos pedirle que renueve nuestra forma de vivir, que nos revele de qué debemos arrepentirnos y qué cosas permanecen ocultas en nuestro interior.
Todo aquello que no nos permite ser agradecidos, caminar en paz y disfrutar de la abundancia que el Señor tiene para nosotros debe ser entregado a Él, para que pueda obrar en nuestra vida y renovar completamente nuestra mente