¿Qué es la blasfemia?
La blasfemia es hablar con desprecio, burla o injuria contra Dios, su Espíritu o su obra. No se trata solo de palabras ofensivas, sino de una actitud del corazón que se manifiesta en el hablar.
El Salmo 10:7 dice así:
“Llena está su boca de maldición, y de engaños y fraude; debajo de su lengua hay vejación y maldad.”
La palabra blasfemia proviene del griego blasphēmía, compuesta por blas (dañar, ofender) y pheme (hablar, fama). Es decir, blasfemar es hablar para dañar la reputación de lo divino.
La palabra vejación significa maltrato, humillación o agresión que causa sufrimiento. Las blasfemias son palabras que hieren, degradan o violentan lo sagrado, son profanaciones. Es una forma que se opone a lo del Señor o lo divino, con desprecio por la verdad y por la santidad de Dios.
Es un pecado blasfemar contra el Espiritu Santo, un pecado imperdonable.
En Mateo 12:22, Jesús sanó a un hombre ciego y mudo. Los fariseos, al ver el milagro, no creyeron, peor aun negaron la obra del Espíritu Santo, diciendo que Jesús echaba fuera demonios por el poder de Beelzebú. Esa declaración fue una blasfemia: atribuir al enemigo lo que fue hecho por el Espíritu de Dios.
Hay varias de blasfemar:
- Cuando se atribuye al enemigo lo que es obra del Espíritu Santo, como lo hicieron los fariseos.
- Cuando se ridiculiza lo sagrado o se habla con burla de Dios
- Cuando se rechaza conscientemente la verdad, aun habiéndola visto y experimentado y se denigra el nombre del Señor deliberadamente.
Entonces podemos preguntarnos:
¿Puede un hijo de Dios blasfemar?
Un hijo de Dios no puede blasfemar porque El Espíritu Santo convence de pecado, sin embargo cuando alguien con pleno conocimiento de la verdad lo rechaza deliberadamente, puede caer en blasfemia contra el Espíritu Santo, la cual Jesús dijo que no sería perdonada (Mateo 12:31-32). A veces nos cuesta creer y cuestionamos el poder del Espiritu Santo, esta puede ser una duda pasajera pero sera llevada a la verdad porque Espiritu da testimonio en nuestros espiritus.
En la cruz, Jesús fue crucificado con nuestras blasfemias, nuestras ofensas, nuestras dudas. Lo que parecía derrota fue la victoria más grande. Él fue injuriado, burlado, despreciado… y aún así, dijo:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Esa cruz es nuestra esperanza. En cada aflicción, podemos doblar rodillas y encontrar solución. El Señor conoce la aflicción de su pueblo, y la cruz sigue siendo la respuesta.
Pero si ese afan de no creer en la obra del Señor en nuestras vidas no es pasajera es una blasfemia consciente: un rechazo voluntario y persistente de la obra del Espíritu.
Testimonio
Una mujer creyente tras una discusión con su esposo enfermo —quien enfrentaba un diagnóstico grave de próstata— se sintió profundamente culpable por una discusión con él. Aunque le dolia en su corazón ella oró:
“Señor, perdóname por ser tan dura. Perdóname. Manda bendición y sanidad a mi esposo.”
y el Señor le concedió, le respondio tomo un instrumento, uno anciano de la iglesia que le declaro lo que ella pedido y que le iba a ser concedido. Este anciano de la iglesia no conocia la situación, mas hablo en verdad:
“Mujer valiente, el Señor dice que sí te perdona, y que traerá sanidad y bendición a tu casa. Deja tus problemas en sus manos.”
Su esposo mejoro, una vez mas este esposo habia recibido un milagro, recibio la bendición para estar bien. Aunque su esposo había presenciado milagros y la obra del Espíritu Santo, seguía negándose a buscar a Dios. Ella teme que esa actitud de no decidirse a caminar en el Señor lo llevara al borde de la blasfemia por rechazar conscientemente al Espíritu que lo llamaba.
Es difícil caminar en fe cuando el compañero de vida no la comparte. Cuando el esposo ve el actuar de Dios, pero se niega a adorar, la mujer creyente puede sentirse sola, frustrada, incluso tentada a hablar con amargura. Pero allí es donde el Espíritu Santo nos llama a dar la lucha en amor, a hablar con sabiduría, a interceder sin condenar.
El cónyuge también es un pecador, y el Señor nos llama a ser luz, no juez. La mujer creyente santifica al marido incrédulo (1 Corintios 7:14), no por fuerza, sino por testimonio. No por gritos, sino por gracia. Que el Señor nos dé sabiduría para hablar con ternura, firmeza y verdad, somos ayuda para ellos. Que no caigamos en palabras duras, sigamos esperando, porque el arrepentimiento sincero es el camino a restauración y hay un promesa: el Señor no desprecia un corazón contrito. El Señor nos ayude tenemos un Dios verdadero y la obra del Espiritu Santo sigue vigente.




