La lengua juzgadora es aquella que se utiliza para emitir juicios sobre otras personas, muchas veces sin conocer el contexto ni mostrar misericordia. Etimológicamente, proviene del latín lingua (lengua, habla) y judicare (juzgar, emitir juicio), junto con jus (derecho, justicia) e indicāre (señalar, declarar). Por lo tanto, la lengua juzgadora puede entenderse como “la palabra que juzga o declara lo justo o injusto”.
Esta forma de hablar puede ser destructiva cuando se enfoca en la persona y no en la situación, y cuando no busca restaurar sino condenar.
“Jueces y oficiales pondrás en todas tus ciudades que Jehová tu Dios te dará en tus tribus, los cuales juzgarán al pueblo con justo juicio. No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos.” — Deuteronomio 16:18–19
Este pasaje es clave para reflexionar sobre la lengua juzgadora desde una perspectiva bíblica: el juicio debe ser justo, imparcial y libre de corrupción. En tus devocionales, podrías usarlo para contrastar el juicio humano con la justicia divina, y para invitar a tus estudiantes a hablar con verdad y misericordia.
En la Biblia, el papel del juez está claramente definido como aquel que debe juzgar con justo juicio. Deuteronomio 16:18–19 exhorta a no torcer el derecho, ni aceptar sobornos, ni hacer acepción de personas. El juez debe aplicar la ley con equidad, proteger al inocente y corregir al culpable, representando la justicia divina en la tierra. Sin embargo, cuando el juicio se ejerce sin amor ni sabiduría, se convierte en una forma de opresión.
“Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez.” — Santiago 4:11
Hay juicios que actúan de manera destructiva: se enfocan en la persona, generalizan errores, condenan fácilmente y no ven oportunidades de cambio. Pero también hay juicios constructivos, que buscan que algo mejore, que haya un cambio, una restauración. Debemos ser empáticos.
Jesús lo enseña claramente:
“No juzguéis, para que no seáis juzgados.” — Mateo 7:1 “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.” — Lucas 6:37
Nuestro Señor nos dice que debemos ser misericordiosos, tener verdad y amor unidos. El que juzga es Dios. El corazón debe estar siempre dispuesto a perdonar, a restaurar sin arrogancia, donde Dios gobierne la vida.
Ejemplos Una niña que estaba creciendo miraba el mundo con ojos abiertos. Buscaba modelos, buscaba aceptación, buscaba entender cómo debía ser. Pero una mujer mayor, quizás sin darse cuenta, le decía palabras duras sobre su aspecto. Cada vez que la niña llegaba, la mujer hablaba. No se veía amor ni comprensión, sino juicio. Hablaba sin guía, con crítica. Más tarde, esta niña se apartó de la iglesia.
Nuestras niñas están creciendo. Ellas no necesitan que las tratemos como si estuvieran perdidas, sino como hijas que están en el trato del Señor. Están en formación, en proceso, en camino. Lo que necesitan no es juicio, sino afirmación. Ellas deben ser enseñadas en el amor del Señor, en su Verdad. A veces no les va a parecer, pero oremos por ellas mientras el Señor se siga revelando a sus vidas.
¿Dónde está el corazón de Cristo en todo esto? Él no vino a condenar, sino a salvar. No vino a señalar, sino a restaurar. A la mujer adúltera le dijo:
“Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” — Juan 8:11
Jesús sí fue el juez que describe Deuteronomio 16. Él sí podía emitir juicio, pues conocía la situación del corazón a fondo.
“El que juzga sin saber, hiere. El que pregunta con amor, sana.”
El papel de un juez es administrar justicia con imparcialidad, conforme a la ley y la verdad. Según Santiago 4:11, debemos tener cuidado de no convertirnos en jueces de la ley, sino en hacedores de ella. El Señor nos ayude.







