El Diccionario Fácil señala que ser auténtico significa que algo es verdadero y cierto según unos requisitos establecidos (cosas, perfume, entre otros). Actúa como es en realidad, sin imitar a otros ni mentir (relacionado a las personas). Otra definición señala que una persona no se disfraza ni pone máscaras para imitar a otra.
Ser auténticos implica saber quiénes somos, actuar en coherencia con los propios valores, creencias y emociones internas, sin dar tanta importancia a las presiones externas. Una persona auténtica es coherente entre lo que dice, lo que hace y lo que piensa.
Características:
- Es autorreflexiva (piensa, se observa, conoce sus debilidades y fortalezas, sabe lo que hace bien).
- No se compara con los demás (no depende de la profesión de otros, sino que se mueve según sus propias motivaciones).
- Trata de no controlar las cosas que están fuera de sus posibilidades o responsabilidades (no se mete en el terreno del otro).
- Tiene estabilidad emocional (sabe gestionar las emociones para responder adecuadamente en cada situación).
- Tiene una visión clara, sabe dirigirse, conoce sus propios objetivos y puede guiar a otros.
- Es transparente (no oculta sus valores, principios, creencias).
- Aprende de los fracasos (ve las situaciones difíciles como desafíos para mejorar).
Ministración
En la Biblia se nos dice:
“Vivamos, en cambio, con autenticidad en el amor y esforcémonos por crecer en todo, puesta la mira en aquel que es la cabeza: Cristo.” — Efesios 4:15, BLPH
La autenticidad no se trata del “yo soy así” con malas formas; eso tiene que ver con un carácter mal formado. Una persona así puede colocarse una máscara para mostrar lo contrario, haciendo alusión a la hipocresía. En la antigüedad, los bufones o los hombres que representaban a mujeres en el teatro debían tapar sus rostros con máscaras y no ser auténticos.
La autenticidad tiene que ver con ser hijos de Dios verdaderos, que batallan con las emociones que siempre estarán en nosotros a lo largo de nuestra vida. Está relacionada con reconocer nuestros defectos y debilidades, para presentarlos ante el Señor y permitir que Él obre en nosotros. A veces, el no ser auténticas se puede mezclar con envidia escondida.
En la personalidad del cristiano, la autenticidad no anula el temperamento, sino que pone el carácter de Cristo. Esto nos da estabilidad y aceptación de lo que pensamos, y nos hace darnos cuenta de en qué estamos fundamentados; nos da nuestra identidad.
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” — Efesios 2:10
El carácter tiene que ser moldeado, trabajado. Debemos hacer morir lo terrenal en nuestras vidas. El Espíritu de Dios nos ayuda a discernir y nos da claridad en aquello que no vemos. Cuando somos conscientes, debemos saber aplicarlo en nuestra vida.
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” — Romanos 12:2
El Señor toma su tiempo para tratarnos a cada uno de nosotros de diferentes maneras. Viviremos situaciones permitidas para unos y otros no, o viviremos las mismas de manera distinta como hijos del Señor. Debemos estar en el Espíritu del Señor para poder vivir equilibradamente.
Que el Señor nos ayude, porque el crecimiento viene de Él. Tenemos pies de barro, nuestro corazón es engañoso. Debemos guardar el corazón: cómo somos, qué hacemos, por qué hacemos lo que hacemos. Debemos pedirle al Señor que escudriñe nuestro corazón y vea si hay camino de pecado. Debemos tener un corazón conforme al Señor, que nos lleve a todo arrepentimiento.
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.” — Salmo 139:23–24
Que el Señor nos ayude a valorar el diseño que Él tiene para cada uno de nosotros: en el carácter, la forma, la personalidad. Y que no queramos ser como otro.
“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” — 1 Pedro 4:10