Por definición es un estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo. Angustia que puede acompañar algunas enfermedades como las neurosis, limitando el sosiego de algunos enfermos. Según la medicina, es la respuesta del organismo ante situaciones de peligro, estrés o incertidumbre. Al ser persistente, intensa o desproporcionada, se convierte en trastorno.
Tipos de ansiedad:
- TAG (trastorno de ansiedad generalizada): preocupación excesiva.
- Trastorno de pánico o crisis de pánico.
- Fobias específicas (miedo irracional a objetos, sensaciones o animales).
- Fobia social.
- TOC (trastorno obsesivo compulsivo).
- Trastorno de estrés postraumático.
Características físicas y psicológicas de una persona ansiosa:
- Taquicardia.
- Sensación de ahogo o falta de aire.
- Opresión en el pecho.
- Inquietud o nerviosismo constantes.
- Pensamientos negativos recurrentes.
- Dificultad para concentrarse.
- Insomnio o falta de sueño reparador.
- Sensación de mareo.
- Tensión o nudo en el estómago.
Ministración
La diferencia es que el miedo es real y normal, mientras que la ansiedad es una emoción que no se canaliza bien, donde uno imagina lo peor. Pueden parecerse, pero no son iguales.
La Biblia dice: “A causa de su angustia, su sudor se transformaba en gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44, RV60). Jesucristo iba a morir en la cruz, su sudor comenzó a ser grandes gotas de sangre, y tuvo que empezar a canalizar ese miedo, ese temor y esa ansiedad que conllevaba lo que estaba viviendo. “Jesús ora al Padre: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42, RV60).
No debemos poner peso en nosotros mismos antes de tiempo; debemos canalizar ese miedo como Cristo lo hizo. Al hacerlo, estamos canalizando las emociones y nuestras ansiedades.
La Biblia también nos muestra que el rey David, en el libro de los Salmos, hablaba de sus emociones, sentimientos y sensaciones, pero al mismo tiempo demostraba su confianza en el Señor: “Pero yo, Jehová, en ti he confiado; digo: Tú eres mi Dios” (Salmos 31:14, RV60). De esta manera canalizaba su ansiedad.
El Señor quiere que estemos confiados y gozosos, que vivamos el día como si fuera el último. La Biblia nos dice: “Por nada estéis afanosos” (Filipenses 4:6, RV60). Podemos sentir miedo por distintas circunstancias, pero al alimentarlo, hacemos surgir la ansiedad.
El padre de José creyó que su hijo había muerto y lo lloró sin haber visto su cuerpo; solo vio su túnica (Génesis 37:35). Elías se sintió amedrentado al saber que Jezabel quería matarlo; sintió miedo, aunque en realidad nunca sucedió (1 Reyes 19:3-13).
Muchas de nuestras ansiedades nacen en la imaginación, al pensar siempre en lo peor: es un miedo mal canalizado. Sin embargo, también existe una ansiedad relacionada con cosas buenas (algo típico de un niño o una novia). Por eso debemos aprender a canalizar la ansiedad a través de Jesucristo y de su palabra, ya que una mala gestión puede incluso provocar enfermedades.
La ansiedad habla del estado de nuestra alma: al dejarnos gobernar por nuestras emociones y no por la verdad del Señor, caemos en la incredulidad, la cual es pecado, y sin fe es imposible agradar a Dios.
Cuando confiamos y acudimos al Señor, su respuesta llega. La ansiedad está ligada a la incredulidad, la cual nos hace dejar de ver lo divino, lo eterno, el poder de Dios y sus promesas.
La palabra del Señor es fuerte y hermosa a la vez. Él nos instruye cada día. No debemos dejar que nuestra mente y nuestro corazón se adelanten, sino que debemos afirmarnos en la verdad del Señor.