La Carta a los Colosenses fue escrita por Pablo mientras estaba encarcelado, probablemente en Roma, alrededor del año 61 d. C. Se calcula que fue redactada durante el mismo período que Efesios y Filemón. Tíquico fue el encargado de entregar estas cartas, acompañado por Onésimo, quien regresaba a su ciudad natal, Colosas.
Colosas estaba ubicada en la provincia romana de Asia Menor, en el valle del Lico (lo que hoy es el suroeste de Turquía). Se encontraba a unos 194 km al este de Éfeso, específicamente en la ribera sureste del río Lico, a tan solo 18 km de Laodicea y a 21 km de Hierápolis.
El historiador Heródoto se refirió a Colosas como “una gran ciudad de Frigia”, destacando su tamaño y prosperidad. Su economía se basaba principalmente en la ganadería ovina, lo que impulsó una fuerte industria de lana y textiles. De hecho, la ciudad se hizo famosa por fabricar una cotizada tela de lana de color rojo oscuro llamada colossinum. Además, contaban con una excelente producción agrícola. Sin embargo, su importancia como centro de negocios disminuyó significativamente tras la fundación de la vecina Laodicea, que se convirtió en una competencia comercial agresiva.
Al ser un importante punto de comercio, albergaba una población multiétnica y cosmopolita. Allí convivían:
- Frigios: Los habitantes nativos, quienes mantenían sus tradiciones locales y cultos paganos.
- Griegos: Llegaron tras las conquistas de Alejandro Magno e introdujeron su corriente intelectual y filosófica en la ciudad.
- Judíos: Aunque se desconoce su número exacto, se sabe que fueron trasladados allí por los reyes de la dinastía seléucida.
- Romanos: Principalmente funcionarios gubernamentales, comerciantes y soldados.
Debido a esta diversidad cultural, en Colosas se generó una peligrosa mezcla de creencias y filosofías paganas. Entre las principales corrientes de pensamiento podemos destacar dos:
- El desprecio por el cuerpo: Creían que para alcanzar la santidad debían castigar el cuerpo físico; pensaban que privándose de alimento (matándose de hambre) eran más espirituales. Como bien nos mencionaba nuestra pastora, esto se conoce como ascetismo.
- La adoración a los ángeles: Los consideraban intermediarios necesarios entre Dios y los seres humanos. Como consecuencia, veían a Cristo simplemente como un mediador más, en lugar de reconocerlo como el Hijo de Dios encarnado, plenamente divino y plenamente humano.
En este escenario nació la iglesia de Colosas, la cual surgió durante el ministerio de tres años de Pablo en Éfeso. Cabe destacar que el fundador de esta congregación no fue Pablo (quien posiblemente nunca visitó la ciudad), sino Epafras. Al parecer, él se convirtió durante una visita a Éfeso y luego regresó a su tierra para fundar la iglesia.
Preocupado por su congregación, Epafras viajó hasta donde estaba el apóstol Pablo para informarle que se estaba infiltrando este peligroso pensamiento sobre el Señor Jesús. Fue un esfuerzo enorme, ya que la distancia entre Colosas y Roma es de más de 1,900 kilómetros. En respuesta, Pablo, respaldado por la autoridad divina, escribe esta carta para proclamar que JESÚS ES EL CENTRO DE TODO.
Como leemos en Colosenses 2:9 (NTV):
“Pues en Cristo habita toda la plenitud de Dios en un cuerpo humano.”
Esta irrebatible afirmación desmanteló por completo aquellas ideas erróneas como el ascetismo, derribando todos sus argumentos falsos. Pablo usó este versículo para recordarles que la supremacía de la deidad no es una escalera mística que nosotros debemos subir; es una Persona maravillosa que ya bajó. Al unir la divinidad absoluta (“plenitud de Dios”) con la humanidad real (“en un cuerpo humano”), Jesús se convirtió en el único y suficiente puente entre Dios y la humanidad, dejando obsoleta cualquier otra filosofía.
Más adelante, en Colosenses 3:1-4, el apóstol les recuerda que han resucitado con Cristo y los invita a buscar las cosas de arriba, pero sin descuidar sus responsabilidades cotidianas. Los desafía a vivir bajo el señorío de Cristo, abandonando sus viejas prácticas. Luego, en Colosenses 3:5-9, lanza una declaración irrebatible: deben “hacer morir” la vieja
naturaleza (lo que incluye impurezas, inmoralidad sexual, pasiones desordenadas, ira, enojo, malicia, calumnias, lenguaje obsceno, mentiras, entre otras cosas).
En Colosenses 3:10, los invita formalmente a vestirse de Cristo: “Vístanse con la nueva naturaleza y se renovarán a medida que aprendan a conocer a su
Creador y se parezcan más a él”.
Inmediatamente después, Pablo comparte una de las verdades más maravillosas en el versículo 11:
“En esta vida nueva no importa si uno es judío o gentil, si está o no circuncidado, si es inculto, incivilizado, esclavo o libre. Cristo es lo único que importa, y él vive en todos nosotros”.
¡Qué hermoso! No importa la nacionalidad, la cultura, el idioma, el estatus social o la condición de libertad. ¡Cristo está por encima de todo eso y es Él quien nos da verdadera identidad!
Recordemos que en Colosas, se enseñaba que la espiritualidad dependía de castigar el cuerpo, pasar hambre y someterse a reglas rígidas. Pero Pablo les exhorta que la verdadera vida espiritual no se alcanza por esos caminos, sino por una que es vestirnos de Cristo (Colosenses 3:12).
Por eso al iniciar esta nueva serie en nuestra clase de Dorcas, nuestra pastora nos invita a reflexionar en la siguiente pregunta para juntas responder:
¿Por qué es importante vestirnos de Cristo?