Lucas 19:10
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.
Este verso está situado al final de la historia de Zaqueo. Él estaba perdido y, cuando conoció a Jesús, llegó la salvación a su casa.
Vio que no agradaba a Dios con lo que hacía, que estaba mal e iba rumbo al infierno;
se arrepintió
y reparó el mal que había causado.
La palabra “perdido” es el participio del verbo perder, utilizado como adjetivo para describir algo o alguien que ha extraviado su rumbo, posesión, ubicación, o que no tiene dueño conocido. Ejemplo: un perro perdido. También se aplica para alguien desorientado, sin remedio o sumido en vicios.
También se pueden perder los objetos y convertirse en OBJETOS PERDIDOS. Están en la casa, pero no prestan la utilidad para la cual fueron creados. Ejemplo: llaves perdidas. Esto se da en la congregación, cuando los dones no se ponen al servicio de la iglesia.
ALGUIEN PERDIDO:
– No sabe en qué lugar se encuentra y avanza sin rumbo fijo. Así caminaba Zaqueo, y nosotros también, hasta que el Señor nos encontró.
También se pueden perder los objetos y convertirse en OBJETOS PERDIDOS. Están en la casa, pero no prestan la utilidad para la cual fueron creados. Ejemplo: llaves perdidas. Esto se da en la congregación, cuando los dones no se ponen al servicio de la iglesia.
Cuando perdemos un objeto, este al estar guardado en una bodega, pierde su uso, se vuelve inútil, se considera perdido porque ya no cumple la función para la cual fue creado.
Podemos estar en un camino, pero en el camino equivocado. En el camino uno puede equivocarse al andar, pues cada paso implica una decisión, y cada decisión puede cambiar el rumbo y la dirección en la cual caminamos y llevarnos a estar perdidos.
Muchas veces, como cristianos, hablamos de Cristo, predicamos de Él, pero la motivación del corazón va cambiando, y eso nos puede llevar por un camino equivocado. Un camino equivocado nos conduce a una meta distinta, una meta que no es Cristo.
Cuando venimos a Cristo, Él nos direcciona desde un rumbo perdido para empezar un nuevo camino en Él, un camino con los ojos puestos en Jesús (Hebreos 12:2).
Sin embargo el corazón tiene sus propios caminos, ahi hay una lucha pues este corazón perverso nos engaña constantemente (Jeremías 17:9). Nos quiere llevar por nuestro propio razonamiento: “yo pienso, yo creo, yo sé”, muchas veces con un entendimiento entenebrecido (Efesios 4:18) y llegar a un lugar de tinieblas, el Señor nos ayude porque como herramientas del Señor podemos llegar a ser inútiles, perdidos.
La venida de Cristo se acerca (Apocalipsis 22:12). Ese día veremos si hemos seguido el consejo de nuestro corazón o el consejo de la Palabra. Puede que el corazón esté turbado, o que hayamos caído en religiosidad, caminando sin saber por dónde vamos.
En los cerros frecuentemente hay senderos y huellas de quienes ya han pasado, y hay que caminar con cuidado, porque de un momento a otro uno puede desviarse y perderse. El cristiano, cuando sube los montes, debe seguir las huellas de Cristo (1 Pedro 2:21), debe seguir la Palabra de Dios, porque ella es lumbrera a nuestro camino (Salmos 119:105).
En los valles, cuando todo está oscuro, necesitamos ese rayo de luz. Muchas veces, por costumbre, asistimos a la iglesia, pero podemos quedar perdidos en el camino, obrando sin entender nada, ser semejantes a los hacedores de maldad.
Debemos recordar que somos vasijas en las manos del Señor, instrumentos útiles para reflejar la luz de Cristo en medio de la oscuridad (Mateo 5:14-16). Los instrumentos tienen propósito, y deben ser usados para la gloria de Dios.
Puede que estemos turbados, pero debemos volver al Señor constantemente, recordando el evangelio. No olvidemos que el Señor viene, y somos los obreros de la última hora (Mateo 20:6-7) no podemos mas estar perdidos.
Muchas veces, por seguir nuestros propios caminos, nos hemos encaminado hacia las tormentas de la vida. Pero aún en medio de la tormenta, Cristo es nuestro blanco perfecto. Él da dirección al perdido, porque Él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6).
El afán del trabajo nos hace olvidar que la provisión viene del Señor. El salmista decía: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová” (Salmos 121:1-2). Esa confianza debe ser también la nuestra.
Cuando dejamos de orar, nos debilitamos y podemos perdernos. Al dejar de congregarnos, nos alejamos de la fuente de fortaleza (Hebreos 10:25). No importa si estamos caminando por valle de sombra de muerte, lo que importa es mirar a Jesucristo (Salmos 23:4). Él es nuestro norte, nuestra guía.
En medio de la turbación debemos sujetar nuestras ideas a la cruz de Cristo. En ese momento, lo que necesitamos es correr al Señor. El camino del Señor es obediencia, mansedumbre y humildad (Mateo 11:29).
No seamos como objetos perdidos en medio de las tinieblas, sino busquemos al Señor para que nos encamine como instrumentos útiles en su propósito. Que el día, cuando Él vuelva, podamos verle y se vea lo que hay en nosotros de Él. Mientras seamos siendo siervos útiles en sus manos.
Cristo es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6).






