Elizabeth Elliot nació en 1926 en Bruselas, sus padres eran misioneros. A los pocos meses de edad, ellos regresaron a los Estados Unidos.
Mientras Elizabeth estaba estudiando, tuvo la oportunidad de ir a Ecuador cómo misionera. Un año después, conoció a Jim Elliot en el Wheaton College. Jim, también comenzó sus labores como misionero en Ecuador, con los Indios Quichuas.
En 1953, ambos fueron a Ecuador y se casaron en la ciudad de Quito. Jim siempre anheló tener la oportunidad de entrar al territorio de los Guaroni, también llamados Aucas que en Quichua significa “salvaje enemigo” Ellos eran un feroz grupo al que nadie había tenido éxito en conocer ya que asesinaban a todos antes de tener contacto. Jim junto a otros cuatro misioneros lograron entrar a su territorio. Luego de un contacto amistoso con tres miembros de la tribu, fueron heridos con lanzas hasta morir.
Su hija Valerie tenía solo 10 meses de edad cuando asesinaron a su padre. Elizabeth siguió su trabajo con los Indios Quichua, pero luego pudo conocer a dos mujeres Aucas. Ellas fueron la llave de entrada para que Elizabeth fuera a vivir con aquella tribu que había matado a su esposo y permaneció allí por dos años. Luego, retornó al trabajo con los Quichuas y permaneció allí hasta 1963. Después junto a su hija regresó a los Estados Unidos.
En 1969, contrajo matrimonio con Addison Leitch profesor de teología quien falleció en 1973. Durante sus años de casada se dedicó a escribir varios libros. Posterior a la muerte de Addison, Elizabeth siguió escribiendo y tuvo un programa radial llamado “Camino al gozo.” Se casó por tercera vez con Lars Green. Ella falleció en Estados Unidos en el 2015.
“Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25). Sin reserva: Es así como Elizabeth no se reservó nada, todo lo dio por el llamado a evangelizar; no miró comodidades, pues vivió entre los indígenas donde no había nada, todo lo entregó.
Sin retorno: ella seguramente pensó no vuelvo atrás como dice hebreos 10:38 “…si retrocediere no agradará mi alma.” Fallece su compañero y ella sigue adelante con el llamado del Señor pues vuelve al mismo lugar donde perdió la vida su esposo.
Sin nada que lamentar: no se lamentó por la perdida de su compañero. En sus programas no se le escuchó quejarse, sino que siempre vio su vida con un propósito. Fue una mujer valiente, sabia que fue capaz de casarse de nuevo, pero sin dejar atrás la evangelización.
“Me sedujiste oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste” (Jeremías 20:7). Cuando el Señor nos seduce hay un fuego que arde, y no podemos quedarnos sin hacer lo que Dios nos pide. Esto pasó con ella, no dependió de su esposo para seguir adelante. Nos dejó un legado de perseverancia.
¿Qué podemos perder, si no tenemos nada? Si nuestro valor nos lo ha dado Jesucristo. Con mi esposo no tenemos nada que perder. Pregúntese ¿usted tiene algo que perder en esta vida? No vale la pena vivir sin el propósito de Dios porque la biblia dice que “la vida está llena de sinsabores” somos “como una neblina que pronto pasa” ES SIN RESERVA, nuestra casa y soberanía está arriba en los cielos y eso debe estar grabado en fuego en el corazón, pues así cobra sentido por qué el Señor nos dio la vida.
¿Qué Dios le dio y no está haciendo? Porque un día todos nos presentaremos delante del Señor y ¿Qué se está reservando para usted? La iglesia de este tiempo carece de pasión; la vida es más allá de criar hijos, es más allá de eso. El Señor nos llama para conocerle y darle a conocer y aunque hay que dejar muchas cosas debemos aprender a depender de Dios y ser agradecidos.
ES SIN RETORNO, no hay que volver atrás, hay que seguir adelante, debemos vivir por fe en medio de toda circunstancia, en abundancia, en escases, en enfermedad, pues tenemos un Dios que sana.
NO HAY NADA QUE LAMENTAR, se viven situaciones en el Evangelio, pero es hasta la muerte, como el matrimonio. No dependemos de lo monetario, Dios abre camino donde no hay. No nos podemos lamentar por dejar nuestros sueños y predicar la locura del Evangelio. Aunque a veces nos duela todo, en el camino Dios nos va sanando, y va abriendo puertas.
Amemos más a Jesucristo que nuestra propia vida, para que podamos decirle; Señor es sin reserva, todo es tuyo. Sin retorno, ya hemos llegado hasta aquí, seguimos caminando. No hay nada que lamentar, porque elegimos por ti.