Ezequiel era un sacerdote perteneciente a una casta sacerdotal. Fue llevado cautivo por el rey Nabucodonosor en el año 597 a. C., junto con aproximadamente 10.000 judíos. Fue contemporáneo de los profetas Jeremías y Daniel, quienes estuvieron relacionados con distintas etapas de la deportación.
Algunos profetas engañaban a los exiliados con falsas promesas de un pronto regreso a Judá. Sin embargo, Ezequiel advirtió que Jerusalén sería destruida y que el exilio duraría más tiempo. Años más tarde, recibió la noticia de la caída de Jerusalén, lo que destrozó la esperanza del pueblo y provocó una profunda desesperanza.
Acontecimientos históricos:
- 600 a. C.: Nabucodonosor comenzó la conquista de Jerusalén y la primera deportación (Daniel y sus amigos fueron llevados cautivos).
- 598 a. C.: Nabucodonosor volvió a sitiar Jerusalén.
- 597 a. C.: Segunda deportación, con Joaquín y unos 10.000 cautivos, entre ellos Ezequiel.
- 586–582 a. C.: Destrucción de Jerusalén y caída del templo (tercera deportación).
La visión de los huesos secos
Ezequiel 37:2: «Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera».
En ese momento hubo un temblor y los huesos dispersos comenzaron a juntarse. El Señor le dijo al profeta: «Profetiza». Entonces los huesos se unieron y formaron cuerpos, pero aún no había espíritu en ellos.
Ministración
Podemos hacer un paralelo con lo que estamos viviendo en la actualidad. A través de las redes sociales podemos ver la realidad de la Iglesia perseguida, donde hermanos están sufriendo físicamente a causa de la persecución. Es maravilloso ver cómo Dios puede moverse incluso a través de situaciones trágicas y dolorosas que han vivido sus hijos.
Podemos estar caminando en el Señor y, aun así, ser como huesos secos. Podemos conocer las Escrituras y recitarlas, pero estar secos y sin la vida de Dios. ¿Cómo está nuestra vida? ¿Estamos a cuenta con el Señor o estamos secos?
Hagamos un análisis de nuestro corazón. ¿Somos solamente huesos que caminan o tenemos el Espíritu de Dios? Muchas veces no nos damos cuenta de lo que se está viviendo a nivel mundial. Es un constante ir y venir y, muchas veces, podemos caer en la religiosidad, estando secos y sin la guía del Espíritu en nuestras vidas.
Los huesos comenzaron a unirse por mandato de Dios mediante Ezequiel. Hoy vemos una generación que no quiere oír y que toma sus propias decisiones.
Somos como huesos secos cuando escuchamos la Palabra y la dejamos pasar. Sin embargo, por la misericordia de Dios no hemos sido consumidos.
¿Cómo está su vida? ¿Cómo está su familia? Muchas veces permitimos que entren en nuestra sala la ira, los enojos y los pleitos; también podemos esconder situaciones de abuso sexual. Todos tenemos batallas en la carne, pero no siempre pedimos ayuda al Espíritu Santo. Podemos tener todas nuestras partes del cuerpo, pero el Señor nos dice: «Te falta que el Espíritu Santo guíe tu vida».
Se han levantado falsos profetas que mienten y enseñan diferentes cosas: que no hay arrebatamiento, que Cristo viene a mitad o al final, y que quién podrá soportar la ira de Dios. Ya es difícil vivir en los tiempos que estamos atravesando. Podemos llegar a ser como huesos secos, creyendo todo lo que escuchamos porque el Espíritu de Dios no está gobernando nuestras vidas.
¿Cómo estamos como Iglesia? ¿Cómo estamos limpiando nuestras vestiduras y nuestras vidas? Sujetemos nuestras situaciones al Espíritu Santo y permitamos que Él nos transforme.
Las diez vírgenes: todas cabecearon porque el amado se tardaba, pero debemos estar preparados, porque en un abrir y cerrar de ojos sucederá lo que el Señor ha anunciado.
La Iglesia de Cristo está presente, es edificada, tiene vida, salud y fuerzas. Somos un ejército y somos una familia.
Cuando Ezequiel profetizó, los huesos comenzaron a moverse. Necesitamos el mover del Espíritu Santo. Él nos puede dar vida para que, en todas las situaciones que atravesemos, podamos hacerlo llenos del Espíritu.
Tenemos esperanza en el Señor. La misericordia de Dios nos acompaña un día más para que demos frutos. Necesitamos la ayuda del Señor. Debemos estar erguidos; la redención está cerca. Creamos en el Señor. El que está muerto no siente nada.
El problema está en nosotros; Dios está en su trono. Él es grande, maravilloso y eterno. Es el Creador del universo y tiene todo en su orden y bajo su control. Pero cuando llame a su Iglesia, la misericordia se acabará.
Pongámonos a cuenta con el Señor, busquemos al Señor, corramos a su casa y caminemos al templo a orar. Jesucristo nos compró a precio de sangre; por eso nos congregamos. No hay nada que reprocharle al Señor.
Todavía tenemos tiempo para correr al Señor y pedirle que nos llene de su Espíritu, que cambie nuestro corazón y lo haga sensible y dispuesto para Él. Si le buscamos, vivimos. Pongamos nuestra fe en el Señor; Él conoce todo.
Llenémonos de la presencia del Señor.