El egotismo se define como el exceso de importancia y necesidad de hablar constantemente de uno mismo. Es parte de nuestro lenguaje cotidiano: personas que preguntan, pero en realidad no les interesa la respuesta; otras que escuchan, pero no pueden ponerse en el lugar del otro. Se mantienen ensimismadas, girando siempre en torno a sí mismas.
Características:
– Tienden a culpar al otro de lo que ellos mismos hacen mal.
– No reconocen sus propios errores.
– Tienen un pensamiento inmaduro, propio de los niños, pero que se da mucho en adultos.
– Se consideran actitudes infantiles que bloquean la madurez espiritual.
Ministración:
Existen personas que viven solas, están enfermas o por distintos motivos necesitan hablar y ser escuchadas. Es difícil distinguir cuándo se trata de una necesidad genuina y cuándo es egotismo. Por eso necesitamos la ayuda del Espíritu Santo, que nos centre y nos enseñe a conducirnos en la vida, para tener buena comunicación y buen lenguaje.
Las personas que no son egotistas tienen disposición de hablar y escuchar por ambas partes. En cambio, su contraparte puede aparentar escuchar, pero no le importa realmente. El egotismo se liga al narcisismo, al egoísmo, al egocentrismo y a la manipulación, expresada en frases como: “Si me dejas yo no pierdo nada”. Frases que buscan mover la atención a si misma.
Ejemplos bíblicos:
– Lot, deseando prosperidad, eligió Sodoma sin medir las consecuencias. Su egoísmo afectó a su familia y corrompió su casa (Génesis 13–19).
– Acab, por codicia, quiso la viña de Nabot llegando a inducir su muerte, manipuló la situación con ayuda de Jezabel (1 Reyes 21).
Ambos casos muestran cómo el egotismo y la codicia destruyen.
Epigenética:
El egotismo afecta incluso a nivel epigenético: nuestras palabras, gritos, quejas y actitudes dejan huellas en quienes están con nosotros, se traspasan como marcas emocionales, en lo espiritual podemos afectar a nuestros hijos. Lo hermoso es que en Cristo las cosas pueden hacerse nuevas, cambiar estas situaciones, romper ciclos y herencias que dañan.
Que el Señor nos ayude con lo que tenemos en nuestro corazón: egoísmo, envidias, quejas. Porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). Pensemos en lo que estamos traspasando a los nuestros: enojo, gritos, palabras hirientes, pesimismo. Seamos como Cristo, que pensó en nosotros y se entregó a sí mismo, siendo el mejor ejemplo.
El Espíritu de Dios puede traer a nuestra memoria lo que heredamos de nuestros padres, no para juzgar, sino para agradar a Cristo. Seamos intencionales en cortar las conductas pecaminosas en el Nombre de Jesús. Cuando aprendemos a vernos en el espejo de su Palabra, encontramos gozo, paz, alivio y descanso. Debemos caminar como Cristo anduvo, seguir sus pisadas.