El diccionario de la RAE señala que su definición es:
Aquello que es susceptible de ser enseñado de manera sencilla.
Se refiere a una persona con disposición a aprender.
Por tanto, haremos referencia a una persona:
¿Eres enseñable? ¿Te dejas corregir?
Una persona enseñable es aquella que tiene la humildad de aceptar correcciones, hace preguntas y mantiene una actitud constante de aprendizaje, sin importar su edad ni experiencia.
Características:
Hace preguntas para aprender; acepta la crítica sin enojarse ni estar a la defensiva; reconoce lo que no sabe y lo toma como punto de partida para comenzar a crecer; escucha con atención varios puntos de vista antes de opinar y, si es necesario, cambia de opinión o de método cuando descubre información más exacta o una forma mejor de hacer o decir las cosas.
Sinónimos: educable, dócil, aprendible.
Ministración:
Un corazón enseñable es obediente, porque debe seguir la instrucción de quien tiene por delante. Es una persona reflexiva, acepta sus errores, tiene una buena actitud, no es paranoica, no se siente perseguida, es un buen discípulo, siempre está decidiendo aprender y es capaz de partir de cero.
La palabra «enseñable» calza muy bien con la cualidad de Jesucristo, quien fue una persona tan obediente que no hizo nada sin la autoridad que venía de arriba, del Padre.
Debemos tener un corazón obediente, sin importar el lugar donde nos pongan, porque estamos obedeciendo. Un discípulo siempre está aprendiendo y recibiendo órdenes; somos esclavos de Cristo.
En las Escrituras se habla de Apolos, quien predicaba la Palabra de Dios de manera incompleta. Cuando Priscila y Aquila lo corrigieron en amor acerca de las Escrituras, Apolos aceptó con humildad la enseñanza y la corrección.
¿Eres enseñable? ¿Te dejas corregir? ¿Estás dispuesta/o a aprender?
Es importante dejarnos corregir; somos una iglesia que se está formando. Siempre habrá alguien que nos corrija, y en los casos de personas a las que no se les puede decir nada, es porque estamos vestidos de orgullo.
La Biblia dice:
«Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero para esto nos es provechoso, para que participemos de su santidad» (Hebreos 12:10, versión RV60).
Cuando no nos dejamos corregir, nos quedamos estancados: no crecemos, no avanzamos. Una persona que no es enseñable se opone y cuestiona inmediatamente la autoridad; pero cuando tenemos un espíritu enseñable, escucha, acepta, toma la corrección, no la desecha, la considera y piensa.
Todos los días vamos aprendiendo algo nuevo: una comida, una palabra nueva, entre otras cosas.
Debemos permitir ser corregidos para alcanzar la santidad en nuestras vidas y por aquellos que son autoridad ante nosotros, y cada uno debe estar sujeto a quienes nos corrigen.
Podemos tener mucha teoría o conocimiento, pero, si no tenemos un corazón enseñable, no vale mucho. Jamás terminamos de aprender. Tenemos formas de pensar muy religiosas y nos quedamos con ciertas cosas, pero el Señor quiere cortar esas cadenas; debemos tener un espíritu enseñable. Si no nos dejamos instruir, corregir o enseñar, no hay crecimiento.
Un hombre o una mujer espiritual es aquel que tiene la cualidad de un corazón enseñable. Debemos guardar silencio ante la corrección de una autoridad; aceptemos las cosas que no sabemos y preguntemos.
Busquemos que nos enseñen. ¿Te dejas corregir o estás vestida de orgullo? Dios es quien sabe todo y nos capacita.
En la carta a los Hebreos 12:11 dice:
«Es verdad que ninguna disciplina al presente puede causar gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados» (versión RV60).
La felicidad que permanece es cuando se dice la verdad, y la verdad nos hace libres. La felicidad verdadera es aprender de Cristo. Podemos andar serias y reflexivas, con un espíritu enseñable. Debemos ser mansas y humildes, fáciles para que nos digan las cosas.
Muchas veces tenemos amargura en nuestro corazón. Cuando nos vestimos de orgullo, pensamos y creemos que podemos hacer las cosas solos, cuando no es así.
Necesitamos al Señor para que nos enseñe a tener un corazón enseñable. ¿Quiénes somos para que no nos digan nada?
Cometemos tantos errores. Podemos ver infelicidad y orgullo cuando decimos las cosas con sarcasmo, o cuando decimos las cosas riendo; cuando no pedimos consejo, sea cual sea, y creemos ser independientes para tomar nuestras decisiones y después culpamos a los demás. Aquí podemos ver el orgullo en nosotros.
Cuando no tenemos un espíritu enseñable, nos paramos en nuestra propia verdad.
Que el Señor nos ayude a sacarnos esta vestidura de orgullo y comencemos a vestirnos de santidad, con las vestiduras de Cristo, que son los frutos del Espíritu, con un corazón enseñable, dispuesto a aprender y desaprender para no quedarnos estancados.