La historia de la mujer con flujo de sangre se encuentra en los evangelios de Mateo y Lucas 8:43-44. Esta mujer enferma y anónima debió haber estado delgada en extremo tras una hemorragia que le había durado doce años, y que le hacía legalmente impura.
Según las leyes de los judíos durante la menstruación la mujer era considerada impura y tenía que seguir ciertos parámetros para evitar ser causa de contaminación. Tenía que permanecer apartada del pueblo los días que durara su menstruación, cualquier cosa que tocara (su cama, mesa, utensilios, sus vestidos, etc.) se hacía impuro hasta la noche. Una vez terminado el flujo debía esperar siete días, al octavo día debiera ofrecer sacrificio para obtener pureza.
Además de cargar con la enfermedad, estos elementos nos describen la condición social de ésta mujer. Recordemos también que en ese tiempo la mayor felicidad y honra de la mujer hebrea era ser madre, la mujer estéril era despreciada. La Biblia no menciona su estado civil, pero podemos pensar que si estuvo casada tras su enfermedad es probable que su esposo la haya dejado y si estaba enferma desde muy joven tal vez nadie la haya cortejado.
Ella había gastado todo lo que tenía en médicos y nada había servido, no encontraba solución a su enfermedad. Hasta que escucha hablar de aquel que hacía milagros y que enseñaba las Escrituras como ningún otro. Sin embargo, ella no tenía oportunidad de abordar sin temor a un líder de la talla de Jesús, ella era impura y todo lo que tocaba era impuro.
A Jesús lo seguía una gran multitud, y ella pensó que la única oportunidad de acercase a Él era en medio de esa multitud para tocarlo sin dejar sospechas, ella pensó que pasaría desapercibida. Con las pocas fuerzas que tenía y con su fragilidad arrastró su débil cuerpo hacia el Maestro y con sus manos marchitas tocó el vestido de Jesús. Al instante sintió que su salud regresó y supo que Jesús la había sanado.
Jesús se dio cuenta que de él había salido poder y preguntó “¿Quién me ha tocado?”. Él estaba con una gran multitud, probablemente muchas personas lo tocaron voluntaria o involuntariamente, pero para Jesús no fue indiferente el toque de fe. Además, que quería reivindicar a esta mujer socialmente y dijo “¡Hija, tu fe te ha sanado! Vete en paz y queda sana de tu aflicción”
Reflexionando
Cada 28 días tenemos un ciclo propio de cada mujer y queremos que ese tiempo pase rápido. Pero esta mujer sangraba sin interrupción durante 12 años.
En medio de su enfermedad quizás tuvo pensamientos suicidas, ella vivía rechazo por la sociedad y cargaba una enfermedad muy desgastante. Pero esta mujer tuvo al menos un pensamiento de fe cuando dijo: “Si tan solo tocare el borde de su manto”. Ella estaba cansada de vivir en soledades, cansada por los muchos años de enfermedad. Esta mujer estaba esperando el momento que Dios cambie su vida y su realidad.
Ya no está la mujer con flujo de sangre, pero está el Maestro y estamos nosotras. No está el borde del manto físico, pero Cristo está en el Espíritu. Analicemos nuestro corazón, y veamos si tenemos “flujos mentales en nuestra vida” reconozcamos estos flujos que nos deja anémicas espirituales, sin fuerzas y frágiles. Identifiquemos la enfermedad del alma que nos aleja de los demás.
Tenemos dolores en el alma por situaciones adversas y pidamos que el Señor ordene nuestro corazón. Roguemos a nuestro Dueño que nos abra los ojos, que nos recuerde su Palabra y saque la venda que nos impide ver. Somos tan expertas para ver todo malo, no alimentemos más las ideas torcidas, no alimentemos la carne, el enemigo trae a memoria situaciones que velan nuestros ojos y cuesta perdonar. Pero Jesús nos dice que debemos amar y perdonar. Digámosle al Maestro “Señor, estoy viviendo esto”. Él maravilloso Príncipe de paz, está pasando y quiere que hagamos ese acto de fe como la mujer del flujo de sangre. Tenemos la gran bendición que cuando Cristo llega y cambia nuestras realidades, nos da dignidad y nos hace mujeres plenas.