Ana, su nombre significa “gracia” y la gracia significa “un regalo inmerecido”, es tener algo que no debes tener, algo que no se merece tener.
La historia de Ana se encuentra en el libro de Samuel. Ana era la esposa favorita de Elcana, ella era estéril. Podemos leer que Ana deseaba con todo su ser tener un hijo. Posiblemente ella misma haya insistido a Elcana para que tome otra esposa, porque ella no podía darle una descendencia. Las Escrituras deja ver que Elcana la llenaba de amor y regalos para consolar los deseos de su corazón, entendemos eso al leer “¿Acaso no soy para ti mejor que diez hijos?”.
Ana es descrita como una mujer sin tacha, con un corazón en comunión con su Señor. Ella supo recurrir a Dios para obtener Su gracia y soportar las adversidades. No era fácil vivir durante años con una mujer cruel como Penina, que la atormentaba todos los días. A pesar de este sufrimiento Ana no cometió conducta reprobable, ella encontraba refugio en la oración, derramaba su alma delante de Dios. Ella pudo haber decidido dar riendas sueltas a su amargura y culpar a Dios de su desdicha, pero ella iba a la casa de Dios y en la presencia de Él romper con sus amarguras.
Tiempo después las oraciones de Ana llegaron a la presencia de Dios y le concedió su tan anhelado deseo, un hijo. Ella le prometió que lo dedicará al servicio de su Señor. Leamos 1° Samuel 1:8-11 “Y Elcana su marido le dijo: Ana, ¿por qué lloras? ¿por qué no comes? ¿y por qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos? Y se levantó Ana después que hubo comido y bebido en Silo; y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en una silla junto a un pilar del templo de Jehová, ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza.”
Podríamos pensar que Ana nunca se separaría de su tan anhelado niño, pero ella cumplió con la promesa que le hizo a Dios. Una vez que Samuel fue destetado, sus padres dejaron al niño con el sacerdote Elí para siempre. Las palabras de Ana fueron “Yo pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová”.
Reflexionando
Con la historia de Ana aprendemos que la ira y el descontento no son buenas motivaciones para vivir. Confiar y poner nuestra vida en las manos de Dios es lo más sabio que podemos hacer. Ceder el control de nuestros hijos a la Soberanía divina, cada hijo de Dios tiene un llamado especial y tiene que ser tratado para Su propósito. Como Samuel el profeta fiel que vivió de pequeño con los desobedientes hijos de Elí, pero, Ana confiaba que Dios cumpliría el propósito para su hijo.
En la escuela, en la iglesia o donde estén, Dios está con nuestros hijos y siempre tiene el control. ¡Podemos confiar en Él! ¡Es nuestro Hacedor!
La vida de un cristiano no depende de las circunstancias, la vida de un cristiano es un caminar por fe no por vista. Como Ana seamos mujeres de fe, oremos suplicando con lloro por nuestros hijos, porque en Dios podemos encontrar la paz para dejarlos en su Soberanía. Así como Ana rompamos ataduras de desconfianza y amargura delante de nuestro amoroso Dios.
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