La historia de una de las figuras más relevantes del Antiguo Testamento se encuentra en Génesis. Su nombre es Sara, ella procedía de Ur de los Caldeos, que está ubicada en Babilonia. Provenía de una familia respetable en ese lugar, su padre se llamaba Taré, que también era padre de Abraham, pero con madres distintas. Por eso Sara y Abraham eran medios hermanos.
Inicialmente el nombre de ella era Sarai que significa “la princesa” y Dios le cambió su nombre al de Sara que significa “princesa”. Tanto en porte como en su carácter ella ejemplificó el significado de su nombre. Los cambios de nombres en la Biblia son sumamente significativos porque es Dios mismo quien lo hace.
Ella tenía sesenta y cinco años de edad cuando comenzó un viaje junto a su esposo Abraham, se trasladaron cientos de kilómetros hacia el sur, a Canaán, tierra que Dios le había prometido a Abraham y su descendencia.
Las Escrituras mencionan que Sara era una mujer muy hermosa en apariencia, por eso Abraham en la tierra de Egipto por temor a que lo mataran pidió a Sara que dijera que son hermanos y que ocultara que es su esposa.
Sara hizo lo que su marido le pidió, y el faraón la incorporó a su harén de bellas mujeres. Pero sabemos que a Dios le desagradó esta situación he hizo que faraón regresara a Sara con Abraham.
Pasaron varios años y Sara no podía tener hijos, aceptar esa situación para ella debió ser de gran dolor, vivió días de incredulidad a la promesa de Dios y su fe empezó a flaquear. Buscó una salida, convenció a Abraham que se allegara a Agar para tener un hijo de su esclava y nació Ismael.
Cuando Ismael ya tenía trece años, Dios mismo le recuerda a Abraham y Sara sus promesas. Posiblemente Sara ya haya estado más rendida y era el tiempo de Dios que a la edad de noventa años de edad, Sara diera a luz a su hijo Isaac.
Las Escrituras en el nuevo testamento nos muestra un retrato de Sara (1 Pedro 3:5-7) en que la distingue especialmente por la obediencia a su esposo, convirtiéndose así en un modelo de sujeción a los maridos. Sara nunca desobedeció a su esposo y le llamaba “señor”.
Murió a los ciento veintisiete años y fue enterrada en Hebrón, cuando su hijo Isaac tenía treinta y siete años de edad. Es alentador ver que Dios cumple sus promesas y lleva a cabo sus planes a pesar de nuestra fragilidad, poca fe y la confianza arraigada en nosotros mismos.
Reflexionando
Sarai fue una mujer estéril, triste e influenciaba para mal. Pero el Señor la convirtió en una mujer fértil, sonriente y obediente.
Ella era una mujer que se sujetaba a su esposo y reconocía su autoridad, respetándole. Tenía un espíritu afable y apacible. Cuidaba de su esposo y estaba siempre dispuesta a cubrir las necesidades de él y de su hijo.
Sara era una mujer íntegra y segura de sí misma. Obedeció a su esposo aún en contra de su voluntad o estando en desacuerdo. Era una mujer virtuosa, era prudente, trabajadora, temerosa de Dios. una mujer de fe.
Debemos ser como Sara y llamarnos hijas de Sara, “madre de naciones”. Imitemos las formas de Sara, seamos obedientes, amando con respeto y consideración a nuestros esposos. Aprendamos del Señor Jesús, y dejemos que Él forme en nuestro corazón la obediencia y humildad.
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